jueves, 27 de enero de 2011
martes, 25 de enero de 2011
Dos años

Dos años han pasado ya… Justo cuando empiezo a escribir esta entrada estabas naciendo, Teresa. Ni verte pude. Llegaste con tres vueltas de cordón y te habías hecho caca. Rápidamente te aspiraron y tu padre era quien me iba diciendo lo bonita que eras y los ojos tan abiertos que tenías. Las caras del personal cambiaron de repente y la tensión se respiraba en la sala mientras yo estaba asustada, desorientada e intentando descifrar algún gesto en alguien para conocer la realidad del estado de mi hija. La llamada al pediatra con urgencia no me tranquilizó en absoluto. Mientras te observaba me dijo que esperaríamos un poco para ver si se calmaba ese gemido que tenías o rompías a llorar de una vez. De todos los comentarios, de todas las conversaciones, me llamó la atención la respuesta que el pediatra dio a una enfermera que preguntó qué hacían con la niña: “la viste como a las demás y la sube a la habitación”. Puede parecer una tontería, pero en ese momento pensé que mi hija iba a morir.
Durante un rato estuvimos los tres; papá, tú y yo. Te abracé con fuerza mientras me mirabas fijamente, reconociéndome. En ese momento le dije a papá que te querríamos por encima de todo y que estaríamos preparados para lo que fuera. Él sólo pidió que si debíamos enfrentarnos a alguna enfermedad, al menos se tratase de algo por lo que tú no sufrieras. En ese momento el pediatra entró y nos hizo caer en la cuenta de que tu gemido era menos intenso, era una buena señal.
Mientras yo estaba en la habitación, rodeada de gente a la que no podía ni siquiera escuchar, papá estuvo contigo cuando te hacían una placa torácica para ver el estado de los pulmones. En el trayecto en el que él mismo te llevó en sus brazos te iba diciendo “Llora Teresa, llora con fuerza, llora toda tu vida si quieres”. Estoy segura de que fue el peor momento de su vida. Y más tarde, cuando estuvimos solos me contó que lloró como un niño cuando el médico le dijo finalmente que estabas bien y que no había que hacer más pruebas. Tu llegada al mundo fue así, superando obstáculos, dando ruido, poniéndonos a prueba, como tú eres.
Esa noche ya la pasaste conmigo en la cama, como tantas otras noches en estos cortos dos años. Y en tan poco tiempo cuánto habíamos cambiado todos, cuánto se nos removió por dentro, cómo nos hiciste ver las cosas importantes de la vida.
lunes, 17 de enero de 2011
Fin de la etapa chupete
Este fin de semana hemos dicho adiós al chupete, aunque no me atrevería yo a anunciar que será definitivo. En los últimos arrebatos de Teresa le daba por tirarlo al suelo con rabia, ante cualquier enfado. Si le pedía que no lo hiciera y le decía que podría perderlo lo volvía a tirar con más fuerza, si cabe. Estas expresiones de carácter están siendo de lo más habituales últimamente, muchas veces sin motivo aparente y en ocasiones hasta hay que contenerse una carcajada porque se pone muy ofendida incluso se da la vuelta ocultando su rostro y dejando ver que está realmente enfadada y nada lo puede arreglar.
El sábado después de su siesta volvió a arrojar al suelo el chupete y le dije que como no lo quería lo tiraría a la basura. Cogí el chupete del suelo y lo escondí. Teresa se enfadó pero se le pasó pronto y se olvidó por completo del tema.
Cuando salió con papá a la calle y después de caminar un rato pidió montarse en su silla se acordó del “tete”. El problema es que se me había olvidado meterlo en el bolso que siempre llevamos. Cuando me llamó papá por teléfono contándome que Teresa estaba pidiendo su chupete yo no estaba en casa, así que tampoco podía llevárselo. En ese momento pensé que tampoco sería mala idea probar a ver qué pasaba y cómo llevaría intentar dejarlo.
Por la noche cuando la dejé en la cuna lo volvió a reclamar “quero mi tete”. Le dije que iría a ver si lo encontraba y ella esta tan cansada que se durmió enseguida. Tuvo algunos despertares en los que lo volvió a nombrar pero sin demasiado ímpetu porque siguió durmiendo tan ricamente.
La mañana del domingo yo no sabía si estaba contenta por el paso que estaba dando Teresa y llevarlo relativamente bien o me encontraba triste porque tenía la sensación de que estábamos empeñados en hacerla mayor. Esa mañana tuve que trabajar y no conseguía quitarme el tema de la cabeza, incluso llegué a tener remordimientos, tantos que cuando regresé a casa estaba dispuesta a desistir y hubiera dado lo que fuera por volver a ver la imagen de mi niña, mi bebé, con su chupete en la boca. Papá frenó mis intenciones diciéndome que Teresa lo estaba llevando muy bien y que tarde o temprano habría que hacerlo. A pesar de todo no me siento muy contenta, ¿será normal esta sensación?
martes, 11 de enero de 2011
¿Terribles dos?
Después de tantos días de fiesta cuesta volver a la rutina, aunque también se agradece el orden que conlleva porque hemos terminado agotados. Teresa ha disfrutado mucho con las fiestas, las reuniones, los reyes magos y sobre todo con papá que ha estado con ella todas las vacaciones. Pero aunque lo ha pasado muy bien también ha acusado en algunos momentos el cansancio, tanto que alguno de estos días temí que estuviese entrando en esa fase de la que tanto he oído hablar “los terribles dos años”.
A mi me cuesta creer que cada una de las etapas de los niños se pueda catalogar y que todos pasen por fases con comportamientos similares que se puedan etiquetar de manera rigurosa, pero ante la necesidad de encontrar respuestas y el asombro de que mi hija parecía otra niña, me dejé llevar y ya estaba yo (la experta, jaja) explicándole a papá que, justo un mes antes de que cumpliese los dos años Teresa entraba en “los terribles dos”. A partir de este momento nos enfrentaríamos a rabietas, negaciones continuas, negociaciones permanentes, llantos sin explicación, irritabilidad constante, y no se cuantas cosas más. Por momentos he tenido la sensación de que me habían cambiado a mi hija. Me ha desafiado, se ha negado en rotundo a hacer cosas que normalmente realiza sin esfuerzo, se ha mostrado arisca con la gente, se ha negado a jugar con sus amigos y ha llorado por cualquier cosa. Cualquiera que lea esto puede entender que son actitudes muy normales en niños de la edad de Teresa, incluso yo misma no lo encuentro tan extraño ahora que lo escribo pero aseguro que durante unos días he notado cambios importantes. Sin embargo las alarmas se han desvanecido, ha sido recuperar la normalidad y Teresa es la de siempre, al menos por el momento no hay señales de que estemos en esa etapa. Muchas veces no sé si Teresa ha pasado por todas o soy yo quien intenta encajar su crecimiento en cada una de ellas. Al final, como se suele decir, la explicación más sencilla suele ser la más acertada, y es que los cambios en las rutinas a los niños no les suelen sentar bien y los dejan agotados (como a los adultos).
miércoles, 29 de diciembre de 2010
Sorpresa... ya ha pasado un año!
Quedan sólo dos días para que termine el año y se me ha pasado volando, casi no me he dado cuenta. 2010 ha sido un año intenso, bueno diría yo, y eso que también ha habido malos momentos. Lo más destacado ha sido el cambio de Teresa que ha pasado de ser un bebé a una niñita. Aprendió a caminar, comenzó sus primeras palabras y ahora corretea y salta por todos lados y no para de hablar y preguntar cosas. De los despertares nocturnos hemos pasado a un sueño reparador y profundo y casi todas las noches completo en su cuna. Incluso pronto dejará atrás la etapa del pañal. Está creciendo y me parece increíble que yo haya podido ser protagonista en esta historia.
Y ahora, haciendo memoria de todo este año, no puedo más que dar las gracias al universo porque todo se haya dispuesto de tal forma para que yo viva la experiencia más enriquecedora de mi vida. Pero además también me gustaría dar las gracias a todas esas personas que tanto necesito y que comparten conmigo los descubrimientos cotidianos de Teresa.
Doy las gracias a David, el mejor papá del mundo, y quien está experimentando en estos momentos cómo Teresa evoluciona de la mamitis a la papitis (snif, snif, ya me temía que en algún momento podía pasar). También les doy las gracias a mis padres que juegan diariamente un papel fundamental en la educación de Teresa. Sin el abuelo Teresa no sería la niña cariñosa que es. Con él juega cada mañana y con una paciencia infinita le cuenta varios cuentos, la lleva a sus adorados columpios, la llena de besos y de historias con una ternura que me conmueve y que sé que acompañarán a Teresa para el resto de su vida. Mi madre, que gracias a ella, y siguiendo su ejemplo, intento alcanzar la mamá perfecta que me gustaría ser, y es la persona quien siempre tiene una mano tendida para todo el mundo. En sus brazos todos los problemas se borran y vuelves a ser una niña. También doy las gracias a mis hermanos que disfrutan conmigo de esta aventura y todos forman parte de esta tribu tan necesaria. Gracias también a la toda la familia de David, a quienes sin duda les gustaría poder pasar cada día con Teresa y a los amigos, quienes siempre están dispuestos a escuchar todas mis dudas sobre crianza y forman parte del comando de cariño que hemos creado con esta experiencia.
Por último, me gustaría dar las gracias a todos los que me leéis y habéis seguido mis descubrimientos y los de Teresa. A todos, todos, mil gracias por compartir este año que ya acaba y espero que podamos seguir así en 2011 y que nos contagiemos un poquito de la sorpresa con la que Teresa vive los detalles más pequeñitos.
lunes, 27 de diciembre de 2010
Resaca navideña
Después de los días de fiesta podría decir que estoy en plena resaca navideña. Y digo días de fiesta por decir algo ya que en realidad lo que hemos disfrutado es un fin de semana normal y corriente pero con tantos actos concentrados que todavía no me he recuperado.
La Noche Buena la pasamos en casa de mis padres, con toda la familia y por tanto con muchos primos. Teresa llegó contentísima y no dejaba de saltar cada vez que llamaban a la puerta. Yo sabía que para ella era un acontecimiento y durante todo el día ya me hablaba del abuelo y de su prima María, de la fiesta y de los villancicos. No hubo que hacer mucho esfuerzo para que los niños se sentaran a la mesa y Teresa comió muchísimo, pero sobre todo disfrutó con los bombones que había hecho su papá, tanto que tuvimos que esconderlos. Con los nervios no consiguió dormir siesta, así que yo pensaba que se dormiría prontísimo. Qué equivocada estaba, no se durmió antes de las doce y media y encima me tuve que acostar con ella. Una vez que se durmió nosotros aprovechamos para salir con mis amigos y lo pasamos genial después de tanto tiempo sin verlos. Cuando llegamos, para mi sorpresa, Teresa se había despertado y allí estaba con ella la santa abuela. No tardó nada en volverse a dormir, en cuanto me acosté, pero el problema llegó al día siguiente. Se despertó penosa, yo ya sabía que no había descansado todo lo que necesita y estuvo durante toda la mañana penosa y llorando todo el rato. Es la primera vez que la veo así. Por suerte, con una siesta se arregló todo y volvió a ser la misma niña de siempre. De nuevo tuvimos comida familiar y juegos con los primos hasta que por la tarde regresamos a casa.
Hoy lunes todavía arrastro el cansancio en el trabajo porque, todo hay que decirlo, no tengo vacaciones. Eso sí, Teresa y papá dormían placidamente cuando yo salí de casa esta mañana, qué envidia.
jueves, 23 de diciembre de 2010
La hormona de la felicidad
Uno de los cambios más importantes que he experimentado con la maternidad es el estado de ánimo. Después de las primeras semanas en las que el descontrol hormonal fue la nota predominante de mi recién estrenada maternidad, llegó lo que yo llamo la época de “feliz tensión”. Es una temporada en la que me encontraba muy contenta, en la que iba creciendo día a día el enamoramiento de mi bebé al mismo tiempo que se multiplicaba el amor por mi pareja, pero de la que recuerdo además sentirme en tensión y preocupada por que todo estuviese bien en cada momento, especialmente mi hija. Supongo que se debía al repentino y abrumador peso de la responsabilidad, que te hace mantener rígidos todos los músculos del cuerpo durante las 24 horas del día, unida a la segregación constante de hormonas que te hacen ver amor por todos los rincones del universo. Para quien no haya experimentado la maternidad sólo se me ocurre explicarle que es algo así como cuando en un momento cualquiera del día te viene a la cabeza la imagen de un buen recuerdo y de forma repentina aparece una sonrisilla en tu cara que te hace parecer simplona ante las miradas ajenas.
Durante un tiempo pensé que este estado, que a partir de ahora podría denominar “felicidad simplona” desaparecería poco a poco. Creía que era normal que cuando algo nuevo, que nos hace vibrar de emoción, va entrando poco a poco a formar parte de la rutina diaria, desaparecería esa sensación, sin embargo no ha sido así. Ya son casi dos años los que llevo con las endorfinas por las nubes. Por supuesto que tengo bajones, días malos y dificultades cotidianas. Sin embargo, la sonrisa simplona aparece en cualquier circunstancia. Es como si tu rutina diaria avanza y de repente asoma en tu cabeza una imagen y sin poder evitarlo, la imaginación va por libre, y sonríes, en el coche, en la cama, en la calle rodeada de gente, en una conversación aburrida, en mitad de una discusión, preparando un café o en cualquier otro instante y recuerdas “soy la mamá de Teresa”. Son chutes constantes de la hormona de la felicidad.