En sus visitas al médico se sube alegremente a la camilla, se deja desnudar con tranquilidad e incluso pregunta si se debe quitar los zapatos, su pediatra se parte de risa, no me extraña.
El único mal trago lo pasó el primer día que tuvo que acudir a que le pusiesen aerosoles. Cuando se vio con la mascarilla puesta no había forma de clamarla y no paró de gritar y llorar durante todo el rato, mucho más cuando notaba como yo la retenía con fuerza y le sujetaba los brazos y la cabeza, debió pensar que me había vuelto loca.
Al día siguiente le expliqué que volvíamos a ir a ponerle la mascarilla y se negaba. Por suerte ya venía papá con nosotras y le dijimos que si quería podía sujetarla ella sola pero que si no lo hacía lo tendría que hacer yo a la fuerza porque era la única forma de ponerse buena. Hay que ver lo que entiende un niño tan pequeño. Nos quedamos sorprendidos cuando se sentó en mis piernas y se puso la mascarilla mientras veíamos un cuento. No se quejó ni una vez y cuando terminó nos dijo que ya estaba buena y no tenía tos. La buena de Teresa también se acostumbró a la mascarilla.