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lunes, 18 de julio de 2011

La playa y la historia del bikini



El fin de semana hemos estado en la playa. Como a Teresa ya le habíamos anunciado los planes desde que terminé de trabajar el viernes no paró de dar saltos detrás de mí por toda la casa diciendo “vamos ya”. Con lo nerviosa que estaba mientras yo preparaba las últimas cosas para irnos ya me imaginaba cómo iba a ser el viaje. Casi desde que montamos en el coche empezó a preguntar si ya estábamos en el destino. Aunque no se calló en ningún momento afortunadamente la cosa no fue a mayores. Cuando llegamos a la casa no podía parar de jugar con los primos y correr, estaba encantada y se durmió tarde.
Por la mañana en la playa no había quien la sacara del agua, y eso que estaba congelada. Eso sí, sacó en alguna ocasión su carácter y agasajó con su palabra preferida últimamente a algunas personas que se acercaron a saludarnos y que ella no conocía, me refiero al último hit “tonta” y que a mí me suelta cada vez que le digo algo contrario a lo que ella desea. Esto fue precisamente lo que ocurrió cuando se dio cuenta de que le estaba haciendo alguna foto por lo que tuve que terminar la sesión antes de que montara en cólera. Nos encontramos en un momento difícil porque se enfada mucho cada vez que no consigue lo que quiere y hay cosas en las que cedo porque no me parecen importantes y porque no quiero parecer la señorita Rotenmeyer y otras cosas en las que no cedo y en estos momentos no conseguimos contentarla ni dándole mil explicaciones, ni intentando que se olvide del asunto, ni de ninguna otra manera. Me parece muy pequeña para el grado de negociación que mantenemos durante todo el día, hay veces que es agotador. Un ejemplo de esto, aunque pueda parecer frívolo, es la ropa y los zapatos. Quienes sois habituales de este blog ya sabéis la pasión que tiene Teresa por los zapatos, y que no sé de quien ha sacado, puedo asegurar que no soy su ejemplo. Pues casi todos los días hay que discutir con ella para vestirla. En la playa su prima ha tenido que dejarle la parte de arriba de su bikini porque no paró de quejarse y llorar o ir detrás de ella por todos lados hasta que finalmente, cuando llegamos a la piscina accedió. La cara de felicidad era un poema, pero a mí no me gustan las niñas, y menos un bebé de dos años, con la parte de arriba de un bikini. Creo que la problemática ropa y complementos no ha hecho más que empezar con Teresa y, sin lugar a dudas, demasiado pronto.
Por otro lado, en el agua es como un pez. A principios de verano no quería usar los manguitos, tardamos en convencerla para que se los pusiese, pero en cuanto lo hizo se dio cuenta de la libertad que le daban y empezó a disfrutar del agua. En la piscina va suelta para la dirección que quiere y se moja la cabeza continuamente y dice que está buceando. Más que miedo al agua le tenía miedo a los manguitos, ahora no quiere que nadie la sujete, eso sí, todo el rato está pidiendo que la miremos para demostrarnos lo que hace.
Y así ha sido nuestro fin de semana, ya queda menos para las vacaciones.

martes, 7 de septiembre de 2010

Descubriendo la playa


Como ya me imaginaba el primer contacto de Teresa con la playa no fue nada idílico. Sin ningún recuerdo del año pasado y teniendo en cuenta que por muchas explicaciones y detalles que le adelantásemos no se podía imaginar ni por asomo cómo sería, su primera reacción fue de asombro y desconfianza.

Sus ojos abiertos como platos daban muestra del impacto que le causó ver semejante espectáculo de la naturaleza unido al espectáculo humano, para qué negarlo. Ver niños correteando por un lado y por otro le incitaba a querer probar aquello pero al mismo tiempo no quería que la soltase de mis brazos. Esto unido a lo delicada que es para las nuevas texturas hizo que decidiese colocarla encima de una toalla antes de que tocara la arena. Y no me equivoqué porque fue ponerle un puñado en la mano y empezar a quejarse porque la tenía “susa”, así que pisarla ni en sueños.

La segunda prueba a superar fue el agua. Como a Teresa le encanta estar en el agua creí que no habría ningún problema mientras no la pusiese en el suelo y así fue. Risilla nerviosa, toma de confianza, salto de olas, besos, vueltas, chapoteo, sumergimos la cabeza… parece que todo va sobre ruedas y nos salimos. Decido dejarla de pie en la orilla porque con el juego parece que se ha olvidado de la arena. Cada vez que viene una ola y deja los pies bajo un manto de arena húmeda jugamos a buscarlos y parece que vamos superando miedos. (¡Esto funciona!). Lamentablemente con el juego me despisté un poco y llegó una ola que la puso empapada y todo nuestro ritual para amar la playa se fue al traste en un segundo.

La segunda jornada de playa comenzó más o menos de la misma manera pero en esta ocasión los primos hicieron a la perfección su papel de padrinos playeros. Cuando vio a María jugar con su pala y su cubo le pudieron más los celos que la grima por el nuevo elemento y optó por probar. Tanto se entusiasmó que al final del día ya caminaba sola por la arena, no sin algunos remilgos.