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martes, 30 de noviembre de 2010

22 meses juntas


Teresa ya ha cumplido 22 meses. En realidad es poco tiempo y sin embargo parece que llevo toda la vida con ella. Aunque quiera quedarme con todos los detalles de su vida las cosas se olvidan y ahora casi me cuesta acordarme de cómo era cuando no hablaba porque, la verdad, ahora sus conversaciones lo llenan todo. Creo que le es imposible estar callada y a duras penas lo consigue cuando duerme porque también hay momentos en los que habla en sueños.

Su idioma parece estar hecho a mi medida. Entiendo perfectamente todo lo que dice e incluso en ocasiones ante determinadas situaciones intuyo el discurso que vendrá después. Para mí es lo más sencillo del universo y por eso me cuesta creer que haya ocasiones en las que alguien no la entiende, sin embargo no me enfado como ella, que repite y repite lo que quiere decir y va subiendo el tono sintiéndose incomprendida. A veces intervengo y aclaro. En algunas ocasiones durante el fin de semana, cuando yo aprovecho para levantarme más tarde, la escucho contándole alguna cosa a papá una y otra vez mientras él pregunta y pregunta para solucionar el misterio de la frase incomprendida. En ese momento decido que total, no voy a poder coger el sueño y que no hay nada como mediar en un dialogo en que se plantean dudas.

Otras veces, como he dicho, nuestras mentes se conectan y le pido a sus interlocutores que no le recuerden a Bambi, ni siquiera cuando aparezca un cervatillo en la televisión. De lo contrario comenzará un interrogatorio sin fin que se resume básicamente en “¿por qué, por qué homes malos pean tio a mamá?, ¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué pean tio?. Llegados a este punto, y si alguien no ha hecho caso de mis advertencias tengo que actuar rápidamente y recordarle a Teresa que la mamá de Bambi se curó finalmente y ahora está abrazada a su retoño, la abrazo y le digo “como nosotras”. Porque sí, porque yo ya sospechaba que había que cambiar algunos finales de cuentos antes de que alguien se lo contase de modo literal.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Los cuentos de Teresa


No tengo ninguna duda de que los niños son grandes imitadores. En Teresa tenemos un claro ejemplo porque intenta imitar cualquier ruido, sílaba o gesto que se le repita más de una vez y en la mayoría de las ocasiones lo consigue. Soy consciente de que en esta etapa de su vida es como una esponja que lo absorbe todo, así que lo mejor es el estímulo constante, aunque tampoco conviene agobiarse. Ya de por sí la familia se convierte en una fuente continua de estímulos y fundamental en el proceso de socialización. Con esto me refiero a que cada miembro de la familia quiere en esta época enseñarle alguna cosita con la que pueda hacer sus gracias delante del resto de la gente. En poco tiempo Teresa ha aprendido un sin fin de habilidades y cada semana su padre es testigo de la evolución.
Pero si hay algo que me haya dejado sorprendida de verdad es su afán por los libros. Parece mentira que siendo tan pequeña tenga este gusto por los cuentos y revistas. Su atención se centra sobre todo en los pájaros y los perros a los que reconoce perfectamente, ya sean juguetes o dibujos de distinta clase. No me extraña que aconsejen leerles cuentos desde muy pequeños para fomentar así su afán por la lectura. ¿Cómo vamos a privarles de este privilegio? Cada noche después del baño Teresa señala la estantería de los cuentos para ver y hojear “el cuento del tigre”, como yo le llamo. Y de tanto repetirle sus historias, es capaz de hacer en cada página una cosa diferente como saltar, esconderse o echarse a dormir. A mí, que soy una apasionada de la lectura, aunque con poco tiempo que dedicarle últimamente, me encanta esta afición de Teresa y animo a todas las madres a que disfruten de uno de los momentos más enriquecedores del día.