Estira los brazos hacia arriba y me llama “mamá”, me mira, me reclama, me sigue y me persigue por la casa mientras intento encontrar algo. La cojo en brazos, me abraza y me pide su “tete”. Sigo intentando encontrar lo que busco, pero ella insiste en el “tete”, dejo lo que busco y voy a por él. Aplaude, se pone tan contenta…, me mira, me abraza y apoya su cabeza en mi hombro.
Sigo con lo que buscaba, tengo prisa, estoy cansada, la cabeza va a mil. Desisto, ya lo buscaré en otro momento. Me siento y Teresa intenta abarcarme con sus brazos.
En algún momento de mi maternidad pensé en cuánto me necesitaba, ahora no, ahora sólo pienso en cuánto la necesito yo a ella. Intento no recrearme en la idea porque hay veces que hasta me hace llorar.
Siento que sufro por ella antes de tiempo, que quisiera evitarle sufrimientos que sé que algún día padecerá, que quisiera adelantarme a sus pasos, estar con ella si algún día tiene una decepción, si en algún momento se siente perdida, si en algún momento se siente infeliz. Me gustaría que siempre se sintiese tan segura como ahora, con un abrazo y unos mimos, con un beso y una caricia.