Después de tantos días de fiesta cuesta volver a la rutina, aunque también se agradece el orden que conlleva porque hemos terminado agotados. Teresa ha disfrutado mucho con las fiestas, las reuniones, los reyes magos y sobre todo con papá que ha estado con ella todas las vacaciones. Pero aunque lo ha pasado muy bien también ha acusado en algunos momentos el cansancio, tanto que alguno de estos días temí que estuviese entrando en esa fase de la que tanto he oído hablar “los terribles dos años”.
A mi me cuesta creer que cada una de las etapas de los niños se pueda catalogar y que todos pasen por fases con comportamientos similares que se puedan etiquetar de manera rigurosa, pero ante la necesidad de encontrar respuestas y el asombro de que mi hija parecía otra niña, me dejé llevar y ya estaba yo (la experta, jaja) explicándole a papá que, justo un mes antes de que cumpliese los dos años Teresa entraba en “los terribles dos”. A partir de este momento nos enfrentaríamos a rabietas, negaciones continuas, negociaciones permanentes, llantos sin explicación, irritabilidad constante, y no se cuantas cosas más. Por momentos he tenido la sensación de que me habían cambiado a mi hija. Me ha desafiado, se ha negado en rotundo a hacer cosas que normalmente realiza sin esfuerzo, se ha mostrado arisca con la gente, se ha negado a jugar con sus amigos y ha llorado por cualquier cosa. Cualquiera que lea esto puede entender que son actitudes muy normales en niños de la edad de Teresa, incluso yo misma no lo encuentro tan extraño ahora que lo escribo pero aseguro que durante unos días he notado cambios importantes. Sin embargo las alarmas se han desvanecido, ha sido recuperar la normalidad y Teresa es la de siempre, al menos por el momento no hay señales de que estemos en esa etapa. Muchas veces no sé si Teresa ha pasado por todas o soy yo quien intenta encajar su crecimiento en cada una de ellas. Al final, como se suele decir, la explicación más sencilla suele ser la más acertada, y es que los cambios en las rutinas a los niños no les suelen sentar bien y los dejan agotados (como a los adultos).