Después de leer las experiencias de otras mamás, hoy me he animado a relatar el parto de Teresa. Mejor dicho, los recuerdos del parto, ya que contrastándolos con mi marido me di cuenta, días después, que tenía algunas vivencias confusas.
Teresa llegó al mundo el 25 de enero de 2009, un domingo a las 18:10 horas, sin embargo mi periplo comenzó el sábado alrededor de las 10 de la mañana. Después de las últimas semanas acudiendo a controles decidieron que lo mío sería un parto inducido.
Así, nada más ingresar en el hospital me llegó mi chute de prostaglandinas por medio de un tampón y a esperar en la habitación. Puedo asegurar que en tan sólo una hora ya empecé a sentir dolor, aunque claro, todavía no sabía lo que me esperaba. A lo largo de todo el día no paré de vomitar, aunque todavía tenía capacidad para arrastrarme por la habitación y los pasillos. A pesar del malestar y del dolor constante pensaba que cada vez estaba más cerca el momento de ver a mi hija y los ánimos todavía no habían decaído.
Sin embargo, cuando a última hora de la tarde volvía a monitores el cansancio y abatimiento hicieron mella. Recuerdo que un chaval joven me indicó que tenía que realizar una exploración para valorar el estado del cuello del útero. No sé por qué razón nadie me previno de esto porque si uno va preparado puede que reaccione de forma diferente, yo en cambio, sentía tanto dolor que me retorcía y me desplazaba hasta la parte más alta de la camilla. “Si no te dejas explorar no puedo hacer nada, te vuelves a la habitación y listo”. Estas fueron sus palabras mientras yo le suplicaba que me diese unos segundos en los que yo me encomendaba a todos los santos, contaba hasta diez, buscaba un punto en la pared, recurría al yoga, la meditación, y me cagaba en su santo padre pensando en por qué me habría tocado a mí precisamente este tío tan borde. La maniobra la volvió a intentar dos veces más y finalmente volvía monitores donde me acompañaba David al que ya habían avisado de que “estaba muy nerviosa”.
En la sala estábamos solos y cada cierto tiempo venía alguien a comunicarme que me había movido, así que debía continuar un rato más monitorizada. Yo estaba segura de que no me había movido pero en algunas ocasiones tuve que preguntárselo a mi marido porque yo ya no me fiaba de mí misma. Desde la sala podía escuchar como el personal estaba viendo un partido de fútbol mientras cenaba. Esto no tiene nada que ver conmigo pero a estas alturas de la historia, con un dolor insoportable acompañado de vómitos y con el personal haciéndome sentir como una idiota histérica pues como que me puso de peor leche.
Después de la cuarta vez que alguien se pasó por la sala y me volvieron a insistir en que me había movido nos dijeron que sería mejor retirar el tampón y administrarme un calmante para que pudiese dormir. A la mañana siguiente repetirían el mismo protocolo. Durante todo el día esto fue precisamente lo que yo temí escuchar, pero en ese momento sentí un gran alivio porque pensé que para enfrentarme un día más a esa tortura, al menos, tenía que estar descansada.



