
Las cosas han cambiado mucho desde la última entrada y se puede decir que las vacaciones nos han sentado genial. Al parecer lo único que nos hacía falta era pasar más tiempo juntas y en ambiente relajado. Estoy segura de que cuando se van acumulando los días de trabajo el estrés y el cansancio hacen mella, el ánimo con el que me enfrento a las tareas cotidianas no es el mejor y Teresa eso lo nota mejor que nadie. Cuando las rabietas parecía que se habían asentado en nuestras vidas, la niña dulce, sensible, cariñosa, juguetona y risueña en todo momento ha regresado y parece mentira que sólo hayan bastado unos pocos días para que esto pase.
También tengo que reconocer que los celos se han apoderado de mí en algunos momentos. Si, sobre todo la primera parte de la semana en la que yo continuaba trabajando y Teresa estaba todo el día con papá. A su manera, parecía vengarse de mi ausencia y a mi regreso se ponía a decir a papá cuánto lo quería y lo bien que estaban los dos juntos solitos. Que no haya confusiones, a mí esto me encanta, me derrito con ese amor que le demuestra a su padre, pero es que en alguna ocasión incluso llegó a decir que me fuese porque los dos solos estaban muy bien. (He soltado incluso una lagrimilla, disimuladamente y a escondidas, por supuesto). Cuando pienso que sólo tiene dos años no dejo de imaginar cuánto voy a sufrir en este amor…
Afortunadamente me bastó un día de vacaciones para hacerme un hueco en la familia y el resto del tiempo ha consistido en disfrutar de verla reír a carcajadas, jugar todo el rato, hacer amigos, dar paseos, bailar, cantar y escuchar sus historias inventadas, que cada día son más elaboradas.